La agonía del mañana

El 20 de julio de 1969 un ser humano dejó la huella de su bota en la Luna. Se esperaba que aquello fuera el comienzo de la emancipación de la humanidad; nuevas diligencias recorriendo desiertos hostiles para fundar pueblos con las semillas de nuestras gentes, historias y culturas.

La ficción ha sido fiel a aquella esperanza, pero la realidad golpea con dureza. Sólo hay que mirar a quienes hicieron posible aquella primera pisada:

Si acudimos al cine o a la televisión, la NASA se suele presentar como una agencia espacial llena de lustre y poderío para la que salir de la Tierra es algo rutinario. La NASA real es incapaz de llevar a gente al espacio por sus propios medios. Sus viejas naves cogen ahora polvo en museos y desguaces y deben alquilar el transporte a los rusos hasta que la industria privada les sustituyan tarde o temprano. A juzgar por los últimos incidentes, más tarde que temprano.

Si nos acercamos al imaginario popular, la NASA es mucho más que una agencia espacial: es un peso pesado en la administración estadounidense, una institución omnipotente y llena de recursos. La NASA real ni siquiera tiene dinero para usar dos viejos satélites espía que le fueron donados por un ministerio de defensa consciente de la precaria situación de la agencia.

Si miramos desde la mitología y la conspiranoia, la NASA desayuna todos los días té y pastas con vida extraterrestre inteligente -que por supuesto esconden a toda costa-. La NASA real, necesitada de atención de contribuyentes y congresistas, llegó a participar en un circo de pulgas mediático para intentar que proyectáramos bacterias extraterrestres fosilizadas sobre un meteorito marciano.

Pero esto no es cosa de una institución concreta. Las otras dos grandes potencias espaciales, la rusa y la europea, cuentan con aún menos recursos.

Nuevas agencias espaciales están duplicando costosa e individualmente lo que otras realizaron décadas antes, sin mayor ambición ni dirección que el “Yo también”.

La cooperación internacional -que debería impulsar esta gran empresa- nos llevó a tener un asentamiento espacial semipermanente en nuestra órbita. El fin de la vida útil de la Estación Espacial Internacional se aproxima, sus máximos inversores se llevan cada vez peor y no hay ningún sustituto a la vista.

En el terreno de las sondas exploradoras -no tripuladas- hemos tenido algunas alegrías, aunque parece que nos hemos resignado a que nos enseñen lugares inalcanzables en lugar de allanarnos el camino hacia ellos. Aterrizar en un cometa es un logro increíble, pero cuando se dice que es el mayor desde las misiones Apolo nos damos cuenta de lo mucho que se ha perdido por el camino.

El año que viene se producirá el próximo hito: la sonda New Horizons -lanzada hace ocho años- nos mostrará por primera vez Plutón, el antaño noveno planeta.

¿Y después?

Más allá de 2015 no hay asegurada o en tránsito ninguna misión espacial tripulada o automática medianamente ambiciosa. Sólo promesas en papel en espera de tiempos mejores, o charlatanería privada como Mars One.

No se puede entender la importancia de los viajes espaciales con prismas gregarios o cortoplacistas. Mientras la humanidad no sea capaz de verse a sí misma como la suma de sus partes ni siquiera podremos atajar el cambio climático. Pensar en pequeño es lo que nos lleva, por ejemplo, a ignorar las incontables extinciones masivas que han llegado a barrer el planeta de casi todas sus formas de vida. A no darnos por aludidos cuando recibimos toques de atención cósmicos como el meteorito que explotó sobre Rusia en 2013. Sólo pensando en pequeño se puede considerar el viaje espacial como un despilfarro gratuito y caprichoso. También es lo que nos lleva a meter nuestros problemas y aspiraciones en lados diferentes de la balanza, como si no pudiéramos abordarlos en conjunto.

Que vivamos tiempos difíciles no me parece una excusa para olvidarnos de salir de aquí. Antes al contrario, creo que es un motivo añadido para lamentar esta agonía del mañana. No la llamemos muerte todavía. Quizá después de tocar fondo lo volvamos a intentar. Tal vez cuando pase este turbulento final de era podamos afrontar la expansión de nuestra especie en nuevos términos.

Me prometieron colonias en Marte y me dieron Facebook”, dijo hace poco el segundo ser humano en pisar la Luna, con ochenta y dos años y sin perspectivas de que su hazaña se repita. No nos avergoncemos por no tener aún colonias en Marte, es un gran desafío. Pero una cosa es que la rueda no gire lo rápido que nos gustaría y otra es detenerla y abandonarla. Eso, más que avergonzar, debería preocuparnos.

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