Creciendo en Nunca Jamás

A bordo del Jolly Roger, James Garfio oteaba la costa de Nunca Jamás con su catalejo dorado en busca de señales de Peter Pan y su pandilla de mocosos.

—Smee —escupió al aire, esperando que su segundo anduviera por los alrededores.

Diminutos puntos oscuros se alzaron sobre la costa hasta esconderse tras las nubes. James había aprendido a diferenciarlos de las aves marinas. Su sonrisa delató la anticipación.

Esta vez les estaba esperando.

—¡Smee! —gritó tan alto que le salió un gallo.

—¡Capitán! —replicó el orondo pirata, resollando aún por la carrera.

—¿Qué diablos hacías?

—Escuchar a madre Wendy contarnos un cuento, capitán.

—Pues eso se acabó, por ahora. Peter Pan y sus mequetrefes perdidos se dirigen hacia aquí, y creo que vienen a llevarse a la señorita Darling.

—¡No!

—Sí, y no habrá más cuentos si se sale con la suya, Smee. Preparad los cañones.

—Pero el cuento no ha terminado, capitán…

—¡Que preparéis los malditos cañones! —gritó mientras daba un sonoro pisotón.

—¡Capitán! —exclamó el contramaestre con apremio.

El catalejo buscaba a su pesadilla voladora entre las nubes. A aquel muchacho entrometido que le recordaba el nauseabundo lugar que habitaba: la tierra de nunca, nunca, Nunca Jamás.

—¡Fuego!

Un puñado de anillos de cielo azul se abrió entre las nubes sin mayores consecuencias.

—¿Pero cómo diablos lo hacen? —lamentó James, harto de que nunca acertaran.

—¿Me buscabas?

Peter Pan se encontraba suspendido en el aire con las manos en la cintura, en la pose arrogante que delataba su mayor diversión: mofarse de James. Tras él, gritos y sables chocando; los Niños Perdidos habían abordado el barco y peleaban con la tripulación para rescatar a Wendy.

—Garfio, Garfio… —dijo Peter con un ademán negativo.

—¡Me llamo James! —gritó encolerizado, desenvainando para asestarle una estocada.

Se conformaba con acertarle en la pierna. Siempre conseguía enfadarle de la misma manera. Pero Peter ya había revoloteado sobre él hasta situarse a su espalda. Lo miraba de brazos cruzados a un par de metros del suelo, con su sempiterno aire de superioridad.

—Te llamas Garfio —insistió señalando a su antinatural extremidad.

—¿Te parece gracioso?¡Fuiste tú quien me rebanó la mano, miserable! ¡Baja aquí para que tengamos una pelea de iguales!

—Oh, Garfio, a veces eres tan aburrido…

Peter extrajo su daga e intercambió algunas estocadas con James desde el aire. La pelea se recrudeció y lucharon alrededor de toda la cubierta entre los combates ya iniciados por quienes les rodeaban.

—¿A que no adivinas quién ha venido a vernos pelear, capitán? —dijo Peter con despreocupación mientras las hojas cortaban el aire.

James conocía de sobra la respuesta. Echó un rápido vistazo al mar y pudo advertir la espalda y cola del enorme monstruo desplazarse con sinuosidad entre las olas.

—¡Maldito loco! ¿Es que disfrutas con esto?

—¡Pero si es divertidísimo! ¿No te gusta? Culpa tuya por bajar la guardia en aquella pelea, Garfio. ¿Quién iba a pensar que tu mano iba a gustarle tanto a ese cocodrilo como para perseguirte hasta el fin de tus días? Aunque no me lo explico, debes saber a rayos.

—¡Loco de manicomio! —gritaba James cada vez más cansado. Peter podía haberlo matado hacía rato, pero estaba jugando con él. Porque le resultaba divertido, porque era y siempre sería un cruel y retorcido crío.

—¿Siempre sois tan lentos los mayores? —continuó con la mofa.

Pero James no había perdido la concentración. Tarde o temprano el huérfano podría tener un descuido, su arrogancia le jugaría una mala pasada y la pesadilla acabaría para siempre. El chico jugaba a revolotear alejándose mientras él lo perseguía buscando un error en la defensa. El momento clave era aquel en el que Peter pasaba a la ofensiva y volaba hacia él, haciéndole retroceder hasta la otra punta del barco.

La próxima vez no debía retirarse. Sería peligroso, pero el riesgo merecía la pena.

Así pues, James continuó el juego del perro y el gato asediando a Peter hasta un extremo del Jolly Roger. Cuando le tocó retroceder, inició el movimiento con un paso atrás que usó como carrerilla para intentar atravesar el corazón de Peter Pan con una sorpresiva y fugaz estocada.

—¡Esa ha estado cerca! —exclamó Peter con una sonrisa—. ¿Tanto me odias? ¿Es envidia porque no me hago viejo y lento como tú? ¿O porque me puedo restregar los ojos con ambas manos?

—¡Sí, es cierto! Te odio, te odio por todo lo que representas. Viejo me llamas, y viejo debería ser, pero… ¿por qué entonces necesitamos mis piratas y yo a una madre que nos lea cuentos? ¡Dime! ¡Mientras niños osados y perversos como tú respiren será imposible ser del todo adulto en este lugar! Eres como una enfermedad, estoy seguro de que al otro lado del mar hay algún síndrome con tu nombre. ¡Curaré al mundo de ti!

Reanudó un ataque menos fiero que sus palabras, pues al joven de verde le resultó fácil rechazar sus estocadas desde el aire entre carcajada y carcajada.

—Enfadado eres aún más torpe y divertido, Garfio.

No podía ganar sólo con la espada, esa era la cruda realidad. El sudor le impedía ver con claridad, apenas podía recuperar el resuello y le dolían las articulaciones. Nunca dejaría de ser un viejo. Nunca jamás.

Pero no todo estaba perdido. James sabía mejor que nadie cuánto podían cambiar a un niño las palabras. Bien usadas podrían hacer más daño que la espada.

—La señorita Darling también contaba cuentos a tus niñatos perdidos y a ti… ¿cierto? —dijo a su volador enemigo mientras se defendía de sus estocadas.

—Y esta noche volverá a hacerlo.

—Pues ya que te gustan, te contaré uno —dijo James con la sonrisa más siniestra de la que fue capaz.

—¡Un cuento narrado por el Capitán Garfio! Lo que me voy a reír.

—¡Érase una vez… ! —exclamó reanudando su ataque con cuanto aplomo fue capaz. Sin embargo, Peter continuaba repeliendo sus golpes como si de un rutinario entrenamiento se tratara.

—…un mocoso huérfano que viajó a Nunca Jamás empeñado en no crecer. Descubrió su pasatiempo favorito atormentando sin descanso al capitán de los piratas.

James empezó a perder el control de sus emociones mientras narraba, resultando en una ofensiva aún más virulenta.

—Hasta que un día el mocoso cruzó la línea y consiguió deshacerse de su enemigo de juegos por siempre jamás. Aquel día algo cambió en su interior. Creció, Peter. Creció. Dejó de volar, se enemistó con los indios, las sirenas del lago le retiraron la palabra, incluso las hadas huyeron de él…

Advirtió con satisfacción que Peter volaba más bajo. La historia hacía mella en su infante y perverso corazón.

—…y contagió su pesar a los Niños Perdidos, que crecieron con él. Los cuentos ya no les entretenían, la niña que se los contaba regresó a casa con sus hermanos. Se quedaron solos. Tristes y solos.

—¡Menudo cuento estúpido! —escupió Peter.

Pero su indiferencia era pura fachada, pues ambos ya peleaban con los pies en cubierta. Ver como dañaba a un enemigo que siempre parecía fuera de su alcance proporcionó seguridad a James en su ataque. Al fin se saldría con la suya.

—Ya sin más aventuras —continuó James—, decidieron probar en una nueva frontera. En el mar, el antaño malcriado y entrometido niño encontró una libertad que no sentía desde que volaba. Se hicieron con un barco y descubrieron que la forma de vivir más y mejores aventuras, aún creciendo, era la piratería. Así es, Peter. Los Niños Perdidos se convirtieron en piratas, y el mocoso volador en su capitán. Pero en el fondo, seguían siendo huérfanos que añoraban el cariño de una madre y las noches de cuentos a la luz de las velas.

Peter alternaba las estocadas con argucias cada vez más truculentas, hasta que sus patadas dieron al traste con el equilibrio de la pelea. Alrededor de ellos todo había quedado quieto. Los Niños Perdidos animaban a Peter en la pelea tras reducir a los piratas, ajenos a las palabras que se cruzaban los archienemigos. El chico de verde, para diversión de sus amigos, llevó la lucha hasta el trampolín en el que James pensaba amenazar con tirar a Wendy a los tiburones. La táctica pasó inadvertida para el capitán, concentrado en su lance.

—Y pese a todo —continuó James sin achicarse—, los nuevos piratas alcanzaron cierta paz consigo mismos mientras surcaban los mares. ¡Hasta que otro infeliz sin padres llegó a Nunca Jamás!

—¡No me gusta tu cuento! —gritó Peter, antes de empujarle al trampolín.

El capitán perdió el equilibrio y agitó los brazos con comicidad hasta que el chico lo sostuvo por el garfio. ¿Salvaría una vez más la vida de James para divertirse otro día? Abajo, su monstruo de pesadilla tenía las fauces abiertas y expectantes.

Peter miró unos instantes a su némesis. James ya no vio diversión en su rostro, ni furia, sino algo más sereno y sombrío. El chico de verde retorció el garfio escasos grados ante la mirada atónita de James. Sólo se lo pensó un segundo. Antes de que el capitán pudiera abrir la boca, se lo sacó de la muñeca.

A pesar de la interminable hilera de dientes que le aguardaba, James no pudo reprimir una sonrisa ante la certeza de quién sería el próximo Capitán Garfio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s