El regreso del Viajero a través del Tiempo

Charlábamos Filby y yo en el salón de mi casa acerca del incendio del General Slocum, sin lugar a dudas el tema del día. Podría decirse que lo hacíamos por el mero placer de discutir, pues teníamos confianza para convertir un debate en la guinda de una agradable tarde de chimenea, sillones y tónicos. Yo apoyaba con sinceridad a la industria naval norteamericana, pero él la censuraba, aún no sé si en serio o para llevarme la contraria.

Con todo, justificaba sobradamente que estuviéramos allí en vez de en cualquier otro sitio.

–Tengo un amigo que trabaja en la White Star Line, y entre otras confidencias me ha revelado que están próximos a dar carta blanca a una nueva clase de buques, la Olympic –dijo Filby–, construirán dos o tres en los próximos años. Ha visto esbozos de los planos y afirma que no tendrá rival en el mar, ni siquiera norteamericano.

–No tengan la suerte del Slocum –contrarié.

–Vamos, señor Hyllier, la White Star Line no es una naviera cualquiera. Y desde luego, dudo que tengan problemas con el fuego. ¡Fuego en alta mar! ¡Eso sólo le puede pasar a un buque norteamericano!

–Es cierto, hay mayores peligros que el fuego acechando a los navíos.

–Dudo que eviten que estos nuevos titanes de mar devuelvan el dominio del océano al imperio.

–Cuidado, Filby, defiende usted su castillo en el aire como alguien que ambos conocemos –dije riendo de buena gana.

La mención del Viajero a través del Tiempo (como es de sentido común llamarle) produjo un efecto contrario al que buscaba, sumiéndonos en un melancólico silencio.

–Pobre loco –concluyó Filby tras terminar su bebida. Procedió a prender su pipa, y el destello delató tristeza y reprobación en sus ojos.

–Quién sabe –dudé–. Aquel día ni el criado ni yo le vimos donde tenía que estar. Y cuando entré en su laboratorio, creo que durante unos instantes percibí…

–Cuídese usted ahora, señor Hyllier –advirtió mirándome por encima de sus lentes–, pues se empieza creyendo ver cosas pero se acaba arengando sobre la cuarta dimensión. O peor, realizando penosos trucos de magia con máquinas de juguete.

–Lo lamento, Filby. Es la nostalgia. Aún recuerdo su mirada de determinación, la cámara fotográfica, el saco de viaje a cuestas y la promesa de regresar con pruebas de sus nuevas historias. Pero si su máquina era una quimera, ¿a dónde fue entonces?

–Sabe Dios dónde puede haber acabado aquel entrañable majadero. Temo que ya no esté entre nosotros. ¿Cuánto hace? ¿Diez años?

–Nueve.

–Nueve –repitió Filby exhalando humo–. Bien sabe usted que nunca le creí una palabra, pero… ¡Qué diablos! Bebamos a su salud. ¡Por él, esté donde esté! –celebró alzando su vaso.

–O cuando esté –añadí con el mío en alto.

La ingesta se nos atragantó en cuanto escuchamos el grito de mi asistenta. A la alerta siguió una fría corriente de aire, lo cual me alarmó, pues bien pudiera ser señal de una entrada forzosa en la hacienda.

Me incorporé presto a buscar algo con lo que defenderme, mas me detuve al entrar en el salón un hombre de penoso aspecto, sus ropas llenas de mugre y lo que tal vez era sangre seca.

–¡Por amor de… ! –exclamó Filby.

–Filby… Hyllier… ¡En verdad ustedes!

–¡No puedo creer que haya regresado! –dije yo–. Precisamente hablábamos de usted. Pero esto es… ¡Qué grata sorpresa!

No pude evitar incorporarme y palmearle los hombros hasta casi hacerle caer. Su debilidad era notable.

–Aceptaré con gusto que me invite a cenar en su casa, señor Hyllier –dijo casi sin voz.

No le dejé acabar la frase sin ordenar a voces a mi aterrorizada asistenta que trajera algo de comida y bebida.

–Por favor –rogué arrastrando un sillón hacia los nuestros, formando un triángulo en el que los tres enfrentábamos los rostros–, siéntese. En breve llegará la cena.

–No sabe usted cuánto ansían mis piernas que tome asiento, señor Hyllier, pero me veo en la obligación de preguntarle algo antes que nada. ¿Conserva usted las flores?

–¿Flores? ¿Qué flores? ¡Oh! ¿Se refiere usted a…?

–Sí, las de Weena.

–Diantre, casi lo había olvidado. Aguarde un instante.

Me dirigí a mi biblioteca privada y extraje de las estanterías superiores un libro que no era tal. En su interior, prensadas, oscuras y marchitas, descansaban las flores que el Viajero a través del Tiempo dejó tras su desaparición, como única prueba de sus aventuras en un futuro de Morlocks y Eloi. Me pareció importante conservarlas en su momento, por si acaso. Debo decir que viéndolas en aquel instante, no me resultaron diferentes de los detritos de un otoño ordinario.

Llevé el libro abierto al salón y se lo mostré al recién llegado. Este parecía en verdad afectado al contemplarlas, pues me arrebató el libro con manos temblorosas.

–¿Cómo es posible que esto pueda contribuir a crear tanto mal? –murmuró con los ojos desorbitados.

Filby y yo nos miramos extrañados. ¿Era nuestro viejo amigo el que había regresado? ¿O un loco? Tal vez Filby tenía razón y siempre estuvo loco.

No pude evitarlo porque ya me había vuelto a sentar: El Viajero a través del Tiempo se acercó a la chimenea y arrojó al fuego el falso libro.

–¡Ha perdido usted la razón! –exclamé incorporándome de un salto.

Él se limitó a enseñarme la palma de su mano con rostro serio, suficiente para que yo volviera a tomar asiento con indecisión.

Con gesto cansado, El Viajero a través del Tiempo permaneció contemplando la desintegración del libro, pasto de las llamas. Cuando se dio por satisfecho, cayó casi muerto sobre el sillón que le había traído y aspiró como si fuera su última bocanada de aire.

–Supongo que les debo una explicación –dijo al fin.

–Y no una cualquiera –añadió Filby señalándole con su pipa como un esgrimista en guardia.

–Asumo que mi desaparición les cogió por sorpresa, creo que he llegado algunos años más tarde. Si les soy franco, ni siquiera recordaba con exactitud la fecha de mi partida.

–¡Entonces tenía razón! –exclamé–. Por un momento llegué a verle desaparecer con su máquina.

–Eso está por demostrarse –inquirió Filby, algo molesto–, las únicas pruebas que tenía de sus locas aventuras eran esas flores marchitas que convenientemente ha eliminado.

–¡Ah, mi querido polemista! –exclamó el Viajero a través del Tiempo–. ¡Llámeme mentiroso! ¡Tómeme por loco! ¡Insúlteme si quiere! En esta ocasión su escepticismo es música para mis oídos. Digo más, espero que no se crea una palabra de lo que voy a contarles.

–¿Es algún truco mental? –pregunté con una ceja alzada.

–Un truco. ¡Un maldito truco! La más grande y endemoniada chanza de la historia de la humanidad, maldita sea por siempre. Esta es la única vez que pienso contarlo. Así pues, como hace nueve años, espero que presten atención y no me interrumpan, caballeros.

Incluso Filby se inclinó hacia él unos centímetros, avivado su interés.