La última prueba

(escuchar relato)

Quienes desean el dominio de la magia son como niños hablando de sus futuras y peligrosas profesiones. Incluso ese pensamiento es engañoso, pues la magia es mucho más que arriesgada; siempre intenta dominar a quien la manifiesta y pugna por desaparecer desde el primer instante, como si no quisiera formar parte de este mundo. Por eso es tan difícil de admirar con plenitud. La mayoría de quienes se dedican a ello exhiben tímidos números mágicos de cara al público, para asombro de niños y adultos. Pero la magia de verdad solo se encuentra en lo más profundo de los gremios de magos, herméticos y fuera de la ley. No todos los que ingresan vuelven a ser vistos, por lo que se trata con gran respeto a quienes consiguen hacerse con el título de mago.

Fago, un joven brillante y de prometedor futuro en el gremio, estuvo muy cerca de conseguirlo.

La necesidad de experimentar la magia de primera mano le llevó a odiar la teoría. Con el tiempo su imprudencia le tatuó numerosas cicatrices y un par de resbalones a orillas de la muerte. Aquella experiencia, sin embargo, le otorgó una confianza y una mirada a la hora de manejar la magia de la que ningún otro aspirante pudo presumir.

Decidió un día que no necesitaba del gremio, pues confiaba terminar su instrucción él mismo. Esto le ganó el desprecio de sus mentores y compañeros, pero no le importó. Tras meditarlo durante una noche, se encaminó por la mañana a un espacioso claro del bosque, ideal para practicar las artes mágicas sin ataduras. Caminó ligero y consigo mismo como carga; no quería más testigo que la propia naturaleza. Una vez allí se sentó sobre una roca y meditó largo rato acerca de su propio ser, la vida que le rodeaba y en cómo la percibía. La calidez de la mañana potenciaba el olor de los árboles y la cercanía del arroyo amortiguaba el frenético canto de los pájaros. Cualquier forma humana de catalogar las sensaciones que se apoderaban de él fue ahuyentada por su soledad. Él y la naturaleza.

Él y la magia.

Se incorporó, despacio, ignorando el cosquilleo de las hormigas que correteaban sobre sus pies desnudos.

La especial relación de Fago con la magia tiene mucho que ver con su forma de verla. Para él se trataba de una bestia salvaje y, como tal, era su deber domesticarla. Sería peligrosa, resistente y tozuda hasta que su auténtica nobleza se impusiera. Intuía dicha facultad por sus escarceos mágicos, pero en el gremio tenía las manos atadas a la hora de manifestar la magia. Ahora estaba solo.

Al alzar los brazos con ímpetu el riachuelo se elevó en un torbellino. Fago sintió una liberadora satisfacción que le hizo olvidar sus anteriores ensayos sobre cubos de agua. Es inevitable recordar, incluso en un momento así, que la magia siempre intenta desaparecer; si no de la mano del propio mago, atacando a quien la hubiera llamado. Y es que la pericia del mago no se refleja tanto en la espectacularidad del hechizo como en su duración. Por eso mantuvo alzada la columna de agua durante todo un minuto. Tan pronto notó que se inclinaba hacia él, exclamó ¡Desvanécete! El torbellino desapareció y en apenas unos segundos el agua fluyó por el arroyo con normalidad.

Las manos le temblaban de emoción y casi ronroneaba de placer al imaginar el poder que conseguiría sin impedimentos del gremio. Extasiado, hundió el suelo como si fuera de paja y prendió un árbol de forma que cualquier observador hubiera jurado que le salían rayos de entre los dedos. Fago contemplaba cómo las llamas consumían las hojas y troncos más débiles, e invocó un viento tal para extinguirlas que se vio obligado a tensar las piernas para no salir despedido.

La penúltima prueba que exigía el gremio para ser un mago era domeñar los elementos, y acababa de superarla. Restaba pues la más difícil de ellas.

Crear vida.

Al ingresar en el gremio se celebra una solemne ceremonia de bienvenida. Durante una charla sobre el alcance de la magia, un veterano hace aparecer de la nada a un pequeño polluelo para fascinación de los presentes. El animal, chillón e inquieto, es desvanecido a los pocos minutos, en cuanto comienza a picotear a los aprendices. Pero Fago ya no estaba en el gremio. ¿Por qué limitarse a un polluello?

Un caballo estaría bien para empezar.

Tomó asiento en el suelo y proyectó la imagen de un corcel corriendo libre, evocando el sonido de su trote. Pequeños golpes sacudieron la tierra firme a su alrededor durante el trance, y cuando abrió los ojos, un caballo adulto de pardo pelaje galopaba a su alrededor relinchando con bravura.

Nada más abandonar el esfuerzo de proyectar su imagen, el animal desapareció. Jadeando de excitación, pensó en qué podría ser lo siguiente que creara. ¿Acaso tendría algún límite? No estaba en absoluto cansado, y un abanico de posibilidades saturó su mente, desde gigantes bestias a árboles que rascaran el cielo.

En un arrebato de ingenio, dio con el colmo de sus expectativas. ¿Y si personificara a la propia magia en un ser hecho a su imagen y semejanza? Una persona que le pudiera revelar de forma mundana los más profundos secretos de la magia, que le acercara a ella como jamás la estudió en el gremio. ¿Por qué los maestros nunca enseñaron así? Cerró los ojos y se concentró tan profundamente que poco le faltó para olvidarse de respirar. Fueron los sonidos de unos pasos aplastando la hierba los que le obligaron a volver a mirar. Frente a Fago se alzaba una muchacha de largo cabello oscuro y ojos grises. Su túnica plateada le deslumbraba. Le miraba a los ojos con una expresión indescifrable.

Fago se incorporó para encararla de forma adecuada. De pronto no sabía qué decir. Balbuceando, le preguntó si en verdad ella era magia. La desconocida asintió con la cabeza. Reducido su nerviosismo a un nivel tolerable, al fin pudo formular la duda que siempre le asaltaba en el gremio y que ningún sabio pudo responder satisfactoriamente. ¿Por qué la magia siempre intenta desaparecer? La extraña contó que tomó partido en los primeros tiempos del mundo, pero que al ver cómo la humanidad la usaba contra sí misma decidió apartarse hasta ser merecida de nuevo. Sin embargo, la humanidad aprendió la manera de arrastrar a la magia de vuelta, poder que ejercía con profunda irresponsabilidad.

Aquello era inaudito, tenía tanto que aprender. Le bastaba con mantener la existencia de aquella chica el tiempo suficiente. Debes dejar que desaparezca, dijo ella.

Él se interesó por el motivo. Soy magia, se limitó a replicar. Pero no era argumento suficiente para Fago; poseía el poder de obligarla a permanecer allí hasta que nada más ignorara sobre la magia. Aquella chica poco podría hacer contra él si quisiera detener el hechizo.

Regresaría al gremio como el mejor y más sabio de los magos. No, dijo él, permanecerás aquí hasta que yo lo diga. Ella torció el gesto como si esperara esa respuesta, y dijo en voz alta sin más dilación ¡Desvanécete!

Tal vez el joven aprendiz de mago vislumbró el verdadero alcance de crear a aquel ser a su imagen y semejanza justo cuando ambos se esfumaron del claro del bosque como si nunca hubieran pisado la hierba.