Hemos entrado en una vorágine de aceleracionismo tecnológico tal, que el intento de hacer predicciones a largo plazo se convierte rápidamente en mala ciencia ficción. La hiper-conectividad y el avance exponencial de la tecnología no sólo han trastocado nuestra manera de vivir, trabajar y relacionarnos, sino también nuestra capacidad para proyectar el futuro.

Imaginemos que la tecnología tras ChatGPT hubiera sido lanzada hace cien años. Especularíamos sobre "los próximos cien años con modelos de lenguaje". Pero hoy en día una afirmación así sonaría ridícula. Incluso decir los próximos diez años. Las tecnologías que parecen disruptivas son sepultadas en un tiempo cada vez menor por otras aún más revolucionarias, despojándonos de la habilidad de asomarnos hacia el futuro y hacer previsiones con cierto grado de certidumbre.

Los períodos de adaptación empiezan a ser una cosa del pasado. ¿Cómo absorber cambios importantes antes de que sean reemplazados por otros nuevos? ¿Cómo enseñar sobre algo que se ha vuelto obsoleto antes de ser comprendido del todo? Las redes sociales nos estallaron en la cara, pero no vamos a tener tiempo de disciplinarnos en su uso antes de que llegue la próxima big thing. Aprender lecciones tiene menos sentido.

La ciencia ficción, habitualmente fuente primaria de visiones del futuro, enfrenta dificultades para predecirlo a medio plazo, llevando a los autores a enfocarse en futuros muy cercanos o presentes muy exagerados para así parecer mañanas. Las space operas, ambientadas en un futuro distante, se han convertido en un escenario de fantasía confortable y familiar, como el medievo para la fantasía épica, pero lejos del comentario sobre el futuro de la especie que una vez fue. Quizá porque nos hemos apartado de la línea de tiempo de la ciencia ficción clásica debido a la falta de interés de la humanidad en poblar el cosmos de forma inmediata, prefiriendo en nuestro propio planeta la interconectividad y la inmersión digital sobre la movilidad. No es descabellado pensar que en los próximos años podamos vivir desde nuestra habitación un paseo en Marte de una manera tan vívida y sensorialmente real, que se nos entumezcan las ganas de ir de verdad. En el siglo pasado, en cambio, era impensable salirse de la secuencia coche > avión > nave espacial.

El aceleracionismo tecnológico también está creando una brecha generacional sin precedentes. Los padres encuentran cada vez más extraños a sus hijos, no sólo por las actitudes o los gustos, sino también por la manera en que se relacionan con el mundo y cómo interactúan con las tecnologías. Y esta brecha no sólo afecta la lado humano de la ecuación. También está generando predicciones tecnológicas cada vez más extremas en el intento de seguir el ritmo de las innovaciones. El ansia por la llegada de la "Inteligencia Artificial General" o la "Singularidad" a menudo parecen intentos de proyectar un fin para este torbellino que traiga de vuelta un hito que se establezca durante décadas.

Pero la historia ya no funciona así.

Esta permanente sensación de urgencia y caos nos sitúa en un escenario inédito, lleno de desafíos y paradojas. Necesitamos una visión del presente que nos permita entender las verdaderas consecuencias y potencialidades de cada innovación tecnológica. En este nuevo contexto, la anticipación debe ser cautelosa y reflexiva: si tenemos ceguera de futuro, debemos poner más enfoque que nunca en lo que hacemos en el presente y en lo que nos puede traer. En un escenario de cambio constante, aprender a adaptarse y pensar en sistemas complejos es vital. La construcción del futuro, por tanto, depende más de nuestras elecciones y acciones actuales que de nuestra capacidad de predecir. La velocidad del cambio ha convertido a las bolas de cristal en meros pisapapeles.