Hace poco leí un excelente tweet de Ethan Mollick en el que comentaba que algunos de sus lectores veían extraño que en ocasiones hable de la IA de manera positiva y otras negativa. Casi todo lo que se lanza a las redes sociales acaba gravitando en torno a un par de agujeros negros supermasivos que lo devoran todo. Por emplear terminología propia de las RRSS: Team Utopía y Team Distopía.

Su respuesta me parece perfecta: "Las consecuencias de la IA, como cualquier tecnología de uso general, serán mixtas. Por lo tanto, debemos modelar los cambios positivos y al mismo tiempo mitigar los resultados negativos."

Como expliqué en otra ocasión, el avance tecnológico actual va tan rápido que ni siquiera somos capaces de lanzar predicciones a medio plazo, más allá de palpar los siguientes metros del camino. Sin embargo, en medio de este torbellino, nos encontramos gritando al vacío, intentando definir y encasillar lo que aún está en pañales y que evoluciona a un ritmo frenético.

Vamos, una contradicción en términos.

Esta velocidad nos deja constantemente en evidencia, desnudos ante nuestros propios relatos. Cuando ChatGPT irrumpió en escena en 2022, muchos auguraron un futuro en el que la IA estaría en manos de unas pocas corporaciones todopoderosas. No obstante, poco tiempo después, los modelos de código abierto brotaron como un torrente incontenible, destrozando aquellas predicciones que se suponían válidas para un lustro.

También se afirmaba con vehemencia que la IA sería incapaz de crear algo original, y que sólo vomitaría refritos. Sin embargo, los avances recientes han puesto en jaque esta idea. O que la IA se acabaría degradando por alimentarse con datos generados por sí misma, cuando el entrenamiento sintético es ahora mismo su mayor impulsor. Asimismo, se temía que el consumo energético de la IA nos devoraría sin remedio, al igual que ocurría con el Bitcoin. Esto ha mutado de maldición a desafío, y la optimización en este campo está avanzando a pasos agigantados, volviendo a cuestionar nuestras suposiciones (el mundo del hardware avanza más despacio que el del software).

Por supuesto, también están por demostrarse las propuestas más positivas de la IA, algunas muy similares a los discursos que los de mi generación también escuchamos sobre la popularización de Internet, y que hoy sonrojan de lo inocentes que eran.

En realidad, tanto para demonizar como para beatificar la IA, acabamos torturando una realidad compleja hasta que se parezca a los relatos que empleamos para lidiar con ella. Inevitablemente, la IA se ha convertido en un espejo de nuestras preocupaciones, valores y anhelos en un momento dado. El temor a la pérdida apocalíptica de empleos o la esperanza de solucionar problemas globales son sólo algunos ejemplos de cómo proyectamos nuestras propias inquietudes sobre este campo.

La rápida evolución de la IA también ha dado lugar a la falacia del experto. Con un panorama que cambia por días, resulta difícil que alguien pueda considerarse un verdadero especialista en la materia. Muchas de las personas que hacen afirmaciones contundentes sobre el futuro de la IA, muy probablemente hablan de los temas de los que quieren hablar a cuenta de la IA, más que de la IA. Lógico, no hay tanto que decir de un concepto tan neblinoso. Sí de sus partes: los modelos de lenguaje, los modelos de difusión para generar imágenes... pero, ¿Inteligencia Artificial? Además, la IA se ha convertido (como todo) en un campo de batalla ideológico. Diferentes grupos de interés utilizan este tema para promover sus propias agendas.

Es cierto que la realidad es cada vez más compleja, y como consecuencia, los relatos cada vez más atractivos. Los usamos para hacerla más manejable, o para hacerla más gustosa para cada cual. O para encerrarnos en ellos porque seguir la realidad nos abruma. Y cuando metemos los relatos por el tubo de la polarización digital, acaban saliendo triturados en el eterno doble formato: la utopía y la distopía, uno y cero.

Rechazo estos extremos para hablar de la realidad. Es un falso dilema planetario. La distopía es una figura literaria, y la utopía, un paraíso prometido secular. Dan buenas historias pero malos análisis sobre los que tomar decisiones. Me parece crucial mantener una actitud de humildad epistemológica. Dada la naturaleza cambiante de la IA, debemos estar preparados para cuestionar nuestras suposiciones y adaptarnos a nuevas realidades, en lugar de afiliarnos a afirmaciones definitivas como si fueran equipos de fútbol o bandas de música.

De ese gran saco informe que llamamos IA, sabemos que es muy importante, que probablemente tendrá un gran impacto en ciertos empleos y economías. Ya está. En este momento, la IA es un lienzo en blanco sobre el que proyectamos nuestras esperanzas y temores, un blanco móvil: cuando lo señalamos para gritar "¡Esto es la IA y así será!", ya no está ahí.

Gritamos al vacío.