¡Está vivo!

Una de las obsesiones de la ciencia ficción (especialmente la popular) respecto a la inteligencia artificial es mostrarla como una entidad consciente, autónoma y autodidacta. En estas narrativas, la IA es una encarnación del cuento de Pinocho, una máquina ordinaria que de pronto cobra vida. Y, de alguna manera, este relato de la IA como un ser que adquiere consciencia propia (por ejemplo en forma de nueva remesa de máquinas en la que de pronto surge una “chispa”), ha calado profundamente en nuestra cultura popular.

Pero la realidad de la IA es mucho más compleja, y ciertamente, mucho más gris. Los modelos de lenguaje como GPT-4 de OpenAI, por ejemplo, no ‘cobran vida’ de la manera que se nos prometió en las películas de ciencia ficción. En lugar de ser una entidad autónoma con pensamientos y emociones propias, GPT-4 se basa en la comprensión de los patrones del lenguaje humano y en la capacidad para generar respuestas coherentes basadas en esos patrones. No es una consciencia (un concepto, por otro lado, aún muy difuso, como inteligencia), ni tiene deseos, ni miedos, ni una comprensión humana de las cosas. Pero, al mismo tiempo, tampoco es un “loro estocástico” ni un fraude porque falle expectativas que ni siquiera vienen de sus creadores sino de la cultura popular.

Los raíles más comunes por los que hemos transitado respecto a la inteligencia artificial nos llevan por derroteros muy rígidos, y la binariedad habitual de las redes sociales lo reduce todo a “singularidad o fraude”, narrativas que se mueven en busca de anular la contraria y no de explicar la realidad. Nos cuesta proyectar estadios intermedios entre ambos relatos.

Es una paradoja: descartamos la IA por cometer errores (avísame cuando no se equivoque), al mismo tiempo que cambia nuestro mundo de maneras igualmente disruptivas que en las promesas, pero mucho más sutiles. Su impacto en nuestra sociedad no es el de una máquina “que cobra vida”, “se rebela contra el humano” o “trae el Edén”, sino el de un proceso de externalización cognitiva que traerá la deshumanización de nuevas actividades y habilidades a una escala sin precedentes en la historia de la humanidad (no por nada se le llama la cuarta revolución industrial).

No tengo respuesta sobre cómo cambiar esta percepción. Carecemos de manual para esta situación, e incluso autores de ciencia ficción dura que han tratado estos temas, como Ted Chiang, han escrito textos paradójicamente conservadores al respecto. Para el tipo de IA con el que estamos tratando, recomiendo Visión Ciega, de Peter Watts, como historia de ciencia ficción que explora la línea que separa consciencia de inteligencia, y si puede haber una cosa sin la otra.

Es comprensible, pues lo que decimos sobre las IA actuales es tan perecedero como ellas. Muchas de las cosas negativas que se siguen escribiendo sobre ChatGPT, por ejemplo, realmente versan sobre GPT 3.5, la tecnología base de la modalidad gratuita de ChatgGPT que se publicó en noviembre de 2022. Es lógico que haya quien lo considere un juguete. Yo mismo tenía una opinión diferente sobre esta tecnología cuando usaba esta versión, era un juguete asombroso e interesante, pero juguete al cabo. Sin embargo, hace ya varios meses que se publicó GPT4 (de pago), y el salto fue tal que casi nada de lo escrito sobre GPT 3.5/ChatGPT gratuito se puede salvar para hablar de esta nueva versión.

Es bastante curioso presenciar cómo, ante un escenario tan novedoso, tanto los futurólogos vendehumos como los agoreros malditistas agitan porvenires que en realidad están bastante sobados y reciclados, una especie de “ya lo decía yo” masticado durante décadas. Y hasta cierto punto es normal, son metáforas que se idearon en un mundo en el que “el futuro” era los próximos cincuenta o cien años, plazos amigables para con las certezas.

Sin embargo, estas viejas metáforas chocan una y otra vez contra una verdad incómoda: no tenemos ni la más remota idea de cómo habrá evolucionado esto en cinco años. Ni en dos. Nos sorprendemos semana a semana, casi día a día. Pero sí podría aventurar que en un lustro aún habrá gente desdeñando las IA porque no lo resuelven todo, mientras, apurados, tratan de aprender cosas nuevas porque de pronto sus conocimientos y habilidades se han devaluado más que el rublo en lo que llevamos de 2023.