OpenAI, la organización responsable de ChatGPT, ha vivido una tormenta interna esta última semana que no voy a relatar aquí porque ha sido de sobra escrutada. En su lugar, me gustaría centrarme en lo que ha cambiado debido a esta crisis.

Cambio


En el mundo de la tecnología, OpenAI ha destacado como líder en el desarrollo de IA de ámbito general y ha sido proveedor clave de la tecnología GPT para los productos de Microsoft. La crisis de liderazgo que sacudió a OpenAI esta semana ha sido un reflejo del papel crucial que la inteligencia artificial ha adquirido en nuestra sociedad. La organización, que rozó el borde del desmantelamiento debido a diferencias internas agravadas por influencias externas, ha demostrado que la IA se ha convertido en un elemento estratégico esencial, casi comparable en importancia a la energía para el futuro próximo.

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El conflicto en OpenAI se intensificó debido a (entre otras) la figura de Helen Toner, cuyos vínculos con China y sugerencias de desmantelar la empresa acorde a su misión original han causado revuelo en las redes sociales. Aunque Toner ya no forma parte de la junta, su impacto ha sido significativo en la reestructuración de la organización.

En respuesta a la crisis, la composición del consejo de administración de OpenAI ha cambiado. La incorporación de expertos con experiencia en la gestión de empresas tecnológicas promete aportar una nueva estabilidad. Es probable que este cambio incluya pronto la presencia de un observador de Microsoft, propietaria del 49% de la empresa, cuya inversión vio tambalearse en estos días. Pero la incorporación que más me ha llamado la atención es la de Larry Summers, ex-secretario del Tesoro de EE.UU. Su presencia es vista por muchos como un enlace entre Washington y OpenAI, de manera similar a como lo fue la entrada de Condoleezza Rice en el consejo de administración de Dropbox en los años del escándalo Snowden.

Este cambio en la administración de OpenAI refleja una evolución significativa en la organización. Ya no se trata sólo de una entidad sin ánimo de lucro enfocada en la innovación pura. La nueva OpenAI emerge como líder indiscutible en el ámbito de la IA general, posicionándose como un pilar estratégico en el comercio y tecnología estadounidenses. Este cambio no solo refleja las ambiciones de rentabilidad de la empresa (mucha gente se está quedando solamente con la transición del non-profit al profit) sino también su creciente relevancia en un contexto global en el que la IA va a tener más importancia que nunca. Recordemos, por ejemplo, que el gobierno japonés (país con una industria cultural potentísima) recientemente decidió garantizar inmunidad ante infracciones de copyright a sus profesionales de desarrollo de IA para no perjudicar su crecimiento. Los tribunales estadounidenses están siguiendo una senda similar. No hablamos simplemente de servicios de Internet, sino de algo mucho más trascendente.

La transformación de OpenAI es también un espejo de la evolución de la industria de la IA en su conjunto. La velocidad con la que esta organización ha pasado de ser una startup innovadora, pequeña y joven, a un actor dominante en el escenario mundial es alucinante. En el mundo de la IA, todo se mueve a cámara rápida, incluidas las fases vitales corporativas.

Miedo


Teniendo en cuenta esta importancia, debemos replantearnos algunas cosas. Por ejemplo, la facilidad con la que, desde ciertos sectores, se ha asimilado los relatos apocalípticos sobre la Inteligencia Artificial.

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La IA que está naciendo actualmente no es cualquier cosa. No se le llama “Cuarta Revolución Industrial” por nada. Puede tener un impacto enorme en el ámbito de la automatización y el empleo. Es normal que se observe su avance con muchísimo detenimiento.

Pero hay clichés ridículos de ciencia ficción barata o miedos informes que rallan el horror cósmico sobre el futuro de la Inteligencia Artificial, completamente desconectados de la realidad de su desarrollo. No ignoro que en ocasiones esos relatos han venido desde dentro: el propio Sam Altman se ponía intenso sobre la IA cuando quería asustar a los legisladores para torpedear el desarrollo de la competencia o de las iniciativas de código abierto, mientras su empresa crecía.

Pero los que enarbolan esos relatos de terror son incapaces de trazar una línea de puntos que una la actualidad a ese futuro terrible. En lugar de abrazar el extremo más ridículo del doomerismo de la IA (o del papanatismo tecnófilo de gente como Marc Andreseen, oiga, todo cabe) hay un plan mejor: vigilar los baches del camino mientras se avanza antes que empezar a poner cortapisas a lo bueno por miedos literarios a lo malo. En un contexto geopolítico en el que terceras potencias han invertido notables esfuerzos en, por ejemplo, disuadir del desarrollo de la energía nuclear en occidente a través de relatos apocalípticos y radiactivos en prensa afín, oenegés etcétera, el sentido común nos dice que podríamos estar viendo lo mismo en el campo del desarrollo de la Inteligencia Artificial.

Espero que nuestros políticos y reguladores europeos también sepan verlo.