Ursula K. Leguin sobre la fantasía

En el prólogo de “Un mago de Terramar”:

Los cuentos heroicos y aventuras fantásticas tradicionalmente colocan al héroe honrado en una guerra contra enemigos corruptos, la cual (habitualmente) termina ganando. Esta convención era y es tan dominante que se toma por garantizada: «por supuesto» que la fantasía heroica consiste en los buenos peleando contra los malos, la Guerra del Bien contra el Mal.

Pero no hay guerras en Terramar. No hay soldados, ni ejércitos, ni batallas. No hay nada de ese militarismo que proviene de la saga artúrica y otras fuentes y que, actualmente, por la influencia de los «wargames» de tono fantástico, se ha convertido casi en obligatorio.

No pensaba ni pienso de ese modo; mi mente no funciona en términos bélicos. Mi imaginación rechaza limitar a un campo de batalla todos los elementos que forman una historia de aventuras y la hacen excitante —el peligro, el riesgo, el reto, el valor—. Un héroe cuyo heroísmo consiste en matar personas me resulta poco interesante, y odio las orgías de guerras de hormonas en nuestros medios visuales, la carnicería mecánica de interminables batallones de demonios con armaduras negras, dientes amarillos y ojos rojos.

La guerra presentada como una metáfora moral es limitada, y peligrosa. Al reducir el campo de acción a «una guerra contra» lo que sea que toque, se divide el mundo entre Nosotros y Yo (bueno) contra Ellos o Ello (malo) y se reduce la complejidad ética y la riqueza moral de nuestra vida a Sí/No, Encendido/Apagado. Esto es pueril, engañoso y degradante. En las historias esquiva cualquier solución excepto la violencia y ofrece al lector un simple consuelo infantil. Demasiado a menudo los héroes de ese tipo de fantasía se comportan exactamente como lo harían los villanos, actuando con una violencia sin sentido; pero el héroe está en el lado «bueno» y por lo tanto terminará ganando. Los buenos terminan triunfando.

¿O quizá los triunfadores terminan siendo «los buenos»?

Si la guerra es lo único a lo que se juega, sí, los triunfadores acaban siendo «los buenos». Por eso no practico juegos de guerra.

Hollywood y su barra libre con los videojuegos

Durante mucho tiempo los videojuegos han tomado elementos visuales del cine y la televisión. Sin embargo, en el último lustro, un Hollywood volcado en el público adolescente parece haber perdido la iniciativa y está constantemente pendiente de por dónde van los tiros en el mundo del videojuego para usar sus elementos como gancho en el cine.

El trabajo de los diseñadores de Bioware en la trilogía de Mass Effect, por ejemplo, es constantemente fusilado en películas que van desde Prometheus hasta la última de Star Trek, pasando por el remake de Desafío Total.

Una lástima considerando el maltrato que suelen recibir las licencias de videojuegos en el mundo del cine. Por otro lado, es una muestra de lo que ha crecido la industria del videojuego, y desde dónde se imagina ahora el futuro.

El regreso del Viajero a través del Tiempo

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Hace unos años se me ocurrió una idea para una secuela del clásico de H.G Wells “La máquina del tiempo” (recomiendo esta edición y traducción revisada), aunque no avancé mucho con ella. Creo que el viaje por el tiempo está tan lejos de ser científicamente plausible como en la época de Wells, pero también que como artefacto literario mantiene un potencial increíble. Acabé dejando esta secuela al poco de empezar, entre otras razones porque, ingenuo de mí, creía que una novela publicada en el siglo XIX estaría hoy en el dominio público y no es exactamente así (aunque lo estará muy pronto). Sigo teniendo la escaleta más o menos esbozada por ahí, y quizás un día me anime a desarrollar mi pastiche.

Mientras tanto publico aquí el prólogo de esta no-obra, que espero que al igual que el prólogo de la original, siente el tono y genere la expectación de la aventura que promete.

Leído: minireseñas

Breves comentarios de mis últimas lecturas.

Lectores aéreos, de Gabriella Campbell

Antología irregular (esperable por la cantidad y variedad de relatos). Le pongo cuatro estrellas porque aún guardo imágenes de cada uno de los cuentos. Un libro muy entretenido.

Trece monos, de César Mallorquí

Antología con algunos relatos magníficos (como el que la abre) entre cuentos que se nota que son textos menores del autor, aunque ninguno malo y todos correctamente escritos.

La gran aventura de los Griegos, de Javier Negrete

Una excelente obra de divulgación sobre los griegos, desde la era minoica hasta la llegada de Roma. El libro está narrado con un estilo sobrio, ecuánime y algo irónico, y su documentación está mucho más actualizada que la de los textos de Asimov o Montanelli.

Un recorrido imprescindible para conocer la cuna de nuestra civilización.

No se lleva las cinco estrellas por algunos defectos de la edición digital, como la imposibilidad de leer los pie de página durante la lectura o ciertos errores de puntuación.

Challenger, de Guillem López

Una “antolovela” con setenta y tres historias, una por cada segundo que el tranbordador espacial Challenger voló antes de explotar en 1986, año en el que se ambientan. Una escala que sirve a su autor para planificar su -nuestro- viaje a través de los intersticios de la realidad. La estructura de relatos breves ayuda a un lectura sin pérdida de ritmo, pues antes de que alguno de sus capítulos nos pudiera dejar fríos, ya estamos metidos de lleno en el siguiente.

Un enfoque original del fantástico con una prosa notable y lleno de imágenes poderosas. Me ha dejado un excelente sabor de boca. Punto también para la edición en papel, con márgenes generosos e interlineado agradecido.