Ursula K. Leguin sobre la fantasía

En el prólogo de “Un mago de Terramar”:

Los cuentos heroicos y aventuras fantásticas tradicionalmente colocan al héroe honrado en una guerra contra enemigos corruptos, la cual (habitualmente) termina ganando. Esta convención era y es tan dominante que se toma por garantizada: «por supuesto» que la fantasía heroica consiste en los buenos peleando contra los malos, la Guerra del Bien contra el Mal.

Pero no hay guerras en Terramar. No hay soldados, ni ejércitos, ni batallas. No hay nada de ese militarismo que proviene de la saga artúrica y otras fuentes y que, actualmente, por la influencia de los «wargames» de tono fantástico, se ha convertido casi en obligatorio.

No pensaba ni pienso de ese modo; mi mente no funciona en términos bélicos. Mi imaginación rechaza limitar a un campo de batalla todos los elementos que forman una historia de aventuras y la hacen excitante —el peligro, el riesgo, el reto, el valor—. Un héroe cuyo heroísmo consiste en matar personas me resulta poco interesante, y odio las orgías de guerras de hormonas en nuestros medios visuales, la carnicería mecánica de interminables batallones de demonios con armaduras negras, dientes amarillos y ojos rojos.

La guerra presentada como una metáfora moral es limitada, y peligrosa. Al reducir el campo de acción a «una guerra contra» lo que sea que toque, se divide el mundo entre Nosotros y Yo (bueno) contra Ellos o Ello (malo) y se reduce la complejidad ética y la riqueza moral de nuestra vida a Sí/No, Encendido/Apagado. Esto es pueril, engañoso y degradante. En las historias esquiva cualquier solución excepto la violencia y ofrece al lector un simple consuelo infantil. Demasiado a menudo los héroes de ese tipo de fantasía se comportan exactamente como lo harían los villanos, actuando con una violencia sin sentido; pero el héroe está en el lado «bueno» y por lo tanto terminará ganando. Los buenos terminan triunfando.

¿O quizá los triunfadores terminan siendo «los buenos»?

Si la guerra es lo único a lo que se juega, sí, los triunfadores acaban siendo «los buenos». Por eso no practico juegos de guerra.

La Historia es un molino y los hombres somos el grano

El mundo es un lugar gris, o tal vez marrón, desde luego ni blanco ni del todo negro, pero sobre todo es un lugar en el que las fronteras y las naciones no dejan de ser una mentira simplificadora, como un velo que oculta la auténtica naturaleza de la realidad. Continuamente a lo largo de la historia se suceden bajo la fachada de las luchas “nacionales” conflictos mucho más complejos, surgidos en torno a intereses inconfesables, donde fuera del primer plano un observador experto quizás logre apreciar cómo chocan etnias, culturas, generaciones, condiciones sociales, civilizaciones, ideologías, mentalidades, visiones del mundo… Y allí, en medio de la confusión y el barro, donde ya no está nada clara la frontera entre el bien y el mal o los motivos para luchar, olvidados por todos, hombres de múltiples nacionalidades y orígenes sociales se destruyen entre sí muchas veces para lograr nada.

La historia como máquina del tiempo

Tengo una frase que algún día esculpiré en mi casa: No se puede viajar en el tiempo en vano. Antes, para criticar la sociedad en la que vivías tenías que hacer ciencia-ficción. Huxley, K. Dick, Orwell… viajaban al futuro para que no les metieran en la cárcel. La historia, ahora, es la nueva ciencia ficción. En España es tal el desconocimiento y la falta de cariño a la historia, y somos tan acríticos con ella, que hablar de la historia no es ver ya de dónde venimos sino ver lo que nos está pasando.

La culpa siempre es de la tecnología

El eterno lo nuevo es malo y además no se puede defender si le echo la culpa de todo también se aplica a la literatura. En Lecturalia se hacen eco de las últimas declaraciones de determinados autores sobre la influencia de Internet en su campo:

[…] las nuevas maneras de comunicarse son superficiales, son antiliterarias y contravienen lo que se ha entendido por literatura durante siglos. También opinan que es Internet la culpable de una progresiva falta de memoria entre las nuevas generaciones. Destacable me parece la opinión de Riera, cuyos alumnos son incapaces de recitar cinco versos de memoria. Tampoco les gusta la inmediatez, ya que, por lo visto, son incapaces de digerir la información sin un proceso para entenderla debidamente.

No se pierdan la reflexión posterior de Alfredo Álamo en el artículo original.